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UN BAILE: EL EVENTO SOCIAL QUE SIEMPRE DARÁ QUÉ HABLAR

El Baile de fantasía, 1912

Una larga lista de invitados, banquetes encargados al Hotel Inglés, el saqueo de las joyerías y las casas de modas. Una que otra cara triste, algunas un poco más alegres y caprichosas. Meses de preparativos para una sola de noche, en que se mediría el poder de ciertas familias, que en un despilfarro de millones causaba que la atmósfera de  Baile invadiera cada rincón de Santiago. Esa feria de vanidades burguesas ocultaba eso sí algo más que una frívola recepción: hacía andar el complejo engranaje social del siglo XIX, donde políticos, sacerdotes, diplomáticos, quinceañeras, industriales y grandes damas, luchaban por conseguir alguno de los buenos beneficios del Gran Mundo.


Un Baile  es definido por la Real Academia de la Lengua Española como “Festejos en que se juntan varias personas a bailar”. Tal escueta definición no advierte la complejidad que una ceremonia como esa representa y debe ser vista desde un punto de vista más sociológico. Es que el Baile nace muy temprano en las pequeñas aldeas pretéritas y traspasa las barreras del tiempo como uno de los más estables enlaces de sociabilidad.

 

En la Edad Media, el Renacimiento y los siglos del barroco europeo, las veladas nocturnas se hacen más frecuentes y responden a una refinada cultura, que se relaciona más a los círculos privilegiados. Son estas fiestas las que comienzan a generar peculiares formas de relación, y la necesidad de forjar procesos identitarios, que conformen núcleos, alianzas y definan el destino de algunas familias y hasta de naciones enteras.

 

En el siglo XIX los encuentros nocturnos donde se baila,  bebe y  come en exceso, representan la mejor excusa para las reunir a todos los miembros importantes, ocultando tras una fachada de entretención, las aspiraciones propias del poder familiar, jugadas políticas, acuerdos comerciales e incluso enlaces matrimoniales. Tareas que no debían ser evidentes en la vida diaria, porque los confusos movimientos sociales de la cerrada población del siglo XIX, debía mantener ciertos parámetros valóricos y de buenas costumbres, acordes a una vida virtuosa ligada al catolicismo; que se empezó a desmoronar a medida que el 1800 y las riquezas generadas por el auge de la industria, permitió a nuevos hombres ingresar en las altas esferas de esa “Buena Sociedad”.

Las tierras chilenas participaron de esta vorágine y desde muy temprano en época colonial -a medida que ciertas familias adquirieron connotación-, el engranaje social comenzó su lento movimiento. Las reuniones sociales del Santiago del siglo XVI o XVII, no distan mucho de las de sus pares latinoamericanos, y respondían a eventos selectivos, donde eran invitadas unas pocas personas, poniendo en práctica el arte de la conversación y la música. Muy pocos son los relatos que existen sobre la sociabilidad colonial, y se conoce más sobre los últimos años a inicios del siglo XIX, cuando la Monarquía Española estaba en retirada y la República hacía su jugada maestra.

Mary Graham

“En la noche asistí a la tertulia de la familia Cotapos, en que hubo música, baile y charla de costumbre, y pude observar que en Chile la belleza y el traje de una joven son criticados por las demás lo mismo que entre nosotros. Y ya que hablo de cosas femeninas, agregaré que jamás había visto tantas mujeres hermosas en un solo día como he visto hoy aquí. No me atrevo a asegurar que hubiera entre ellas alguna de extraordinaria belleza; pero si puedo afirmar que tampoco vi ninguna fea...” Mary Graham, Diario de mi residencia en Chile. 1822

 

 

 

 

Así describía la viajera inglesa Mary Graham una tertulia del Chile republicano. Es que las reuniones sociales en la reducida población del país eran eventos populares al que acudían las grandes personalidades de la época, para reunirse en un grato ambiente donde el brasero, la música y la comida tenían especial figuración.

 

La ceremonia del Baile tenía ya  lugar en la sociedad colonial y era conocido como el Sarao: veladas nocturnas, celebradas en alguna casa con amplio salón o algún edificio público, que permitiera dar a los más jóvenes sus primeros pasos en las danzas españolas de moda o un minué, comer ricos platos y beber. Mientras los más grandes conversaban y se deleitaban con la música, en un ambiente de armonía y entretención que duraba hasta altas horas.

Distintas imágenes que representan Tertulias y Saraos de época colonial

 

Los viajeros y cronistas de la época describen la especial belleza de las mujeres locales, algo menudas y con ojos vigorosos, de grandes peinados y colorida moda,  más extravagante que la de Paris, pero igual de lujosa. Los caballeros visten bien, son galantes y educados, aprenden los bailes de moda y beben eso si en grandes cantidades. Sorprende el conocimiento de ciertos patriarcas y señoras, con quienes se puede hablar de política, religión, arte e incluso de materias científicas.  Son las dueñas de casa y sus hijas quienes animan las veladas, tocando ellas mismas finos instrumentos musicales – en su mayoría importados- como son la Flauta, la guitarra, el arpa, panderetas, castañuelas, clavicordios, salterios y los primeros pianos llegados al país.

 

Populares eran los bailes en las Plazas públicas, paseos o los más selectos Bailes de Máscaras, muy populares en la Casa del Gobernador, de los que se tienen pequeñas evocaciones de algún viejo cronista.

Una tertulia del 1800

Las guerras de la Independencia y los avatares de los primeros años de la República, hacen caer la frecuencia de las manifestaciones sociales, adquiriendo nuevamente realce a inicios de 1830. Era ya una época de mejoras económicas, con familias enriquecidas y que veían en el modelo francés el progreso. Las fiestas se hacen costumbre, y los preparativos son cada día más refinados. Francois Brunet desBaines, por ejemplo, recuerda que la Mansión del General Bulnes –construida por este arquitecto en 1856- era una de las mejor amobladas y elegantes de Santiago. Y recuerda que en 1863 la hija del General, doña Elena Bulnes, ofreció una recepción en su casa, exhibiendo en el comedor un castillo de dulces que tenía en lo alto una dama de crinolina con sombrero, en un perfecto trabajo de repostería y arte.

 

Es que cuando el influjo francés cayó sobre las mentes criollas se iniciaron una serie de transformaciones urbanas y sociales que para 1900 había hecho de Santiago, el centro de las vanidades de una burguesía tan rica que podía llevar un tren de vida lujoso similar al de las grandes familias de la vieja Europa. Fueron muchos los aspectos en que las costumbres, ideales, modas y aspiraciones de vida cambiaron, así como también las formas de sociabilidad.

 

Primero la arquitectura:

 

Planta Palacio Cousiño. Dibujo del Autor

De la sencilla casa colonial se pasó a los grandes palacios, construidos bajo el modelo europeo y pensado como un sitio donde los recibos tenían especial importancia. Las decoraciones eran suntuosas, y cada sala tenía una función especial. El vestíbulo, antiguo patio colonial, se techaba creándose un Hall desde donde se ordenaban los salones. Habían recibidores, Comedor y Comedor de diario, Sala de Té, de Música, de Fumar, Escritorio y Biblioteca. Existían Salas de Tertulia, un Gran Salón y se prestaba especial atención al Salón de Baile, una espaciosa habitación ojalá con espejos venecianos, mobiliario dorado, altillo para la orquesta y lámparas deslumbrantes. La ubicación de este lugar estaba pensado para ser el centro de un recorrido lógico por el área pública de la casa, cercana a los salones más importantes y al ingreso principal, para que en una reunión el asistente tuviera la posibilidad de moverse con gran libertad por los espacios sociales, sin necesidad de entrar a las áreas íntimas o de carácter doméstico.

 

En Santiago el Palacio de don Maximiano Errázuriz (actual Embajada de Brasil) contaba con una larga Sala de Baile de más de 140 m2, con proscenio para la orquesta, espejos venecianos empotrados, claraboya con vitrales, muros pintados con escenas románticas y un lujoso conjunto de sillas encargadas a Paris. Así mismo el famoso Palacio Concha Cazotte tenía en su Hall Central iluminado por una gran cúpula y una escalera de caracol para que la orquesta subiera a un altillo dispuesto tras una arquería las noches de fiesta. El Palacio de don Claudio Matte tenía un enorme Salón de Baile ovalado, con parquet dibujado encargado a Francia, espejos y decoración en estilo Luis XVI y un par de chandelier de baccarat.

 

El Palacio de Rafael Ariztía en la Alameda tiene un amplio salón central iluminado por una claraboya, y cuatro pequeñas ventanas con vitraux ovaladas, una de las cuales ocultaba una salita en el segundo nivel para la orquesta, abriéndose las noches de fiesta para que la música bajara mágicamente sin que nadie viese a los músicos. Tan importante era el Salón de Baile que Isidora Goyenechea hizo dorar a la hoja todas las molduras y cenefas para que su sala de baile fuera realmente “de oro”, y encargó un preciado mobiliario dorado a Paris en estilo Luis Felipe.

La mansión de la familia Salas Edwards en la calle Agustinas contaba con un Salón de Baile compuesto por tres grandes salas divididas por arcos y columnas. Además de una salita de música y un salón de tertulias, donde realizar otras recepciones.

 

Salón de Baile del Palacio Matte- Salón de Baile del Palacio Errázruiz- Salón de Baile del Palacio Cousiño

 

 

1 y 2: Salón de Baile Palacio Salas Undurraga. 3:Sala de Tertulias. 4:Sala de música, de la misma casa.

 

Los usos sociales:

 

Esta nueva arquitectura respondía a la necesidad en incremento de nuevos espacios sociales, y novedosas formas de relacionarse. El influjo europeo en los modales y costumbres, creó que el tradicional Paseo o ida al parque adquiriera un trasfondo mucho más sofisticado y pretencioso. El comercio con sus vitrinas, tiendas por departamento y atrayente publicidad, instauró la necesidad  de “Salir de Compras”, abandonando las grandes señoras sus hogares para dar largos recorridos por el centro santiaguino sin rumbo definido, con el mero afan de sobrellevar los dictámenes de una sociedad basada en la exhibición de riquezas y el ocio. La urgencia de lugares de esparcimiento adecuados a estos paseos incrementó la presencia de refinados locales, donde las señoras o caballeros podian reir o enterarse de las últimas novedades en un salón de té o restaurant.

No todas las mujeres eran parte de esta tendencia más burguesa, que era ridiculizada por los intelectuales y por las piadosas damas de familias más tradicionales; pero que sin embargo a medida que se iniciaba el siglo XX,  la avalancha de cambios que llegó con las poderosas riquezas mineras y comerciales, habían hecho temblar hasta los más circunspectos hogares.

 

La Iglesia escandalizada tildaba a las celebraciones masivas como “una ofensa a la moral”, mientras que los conservadores más pesimistas hablaban de esta nueva corriente como “una diversión egoísta”. Los amigos del Baile en cambio, publicaban artículos y basaban su adhesión desde un “aumento y mejora de las economías locales (aludiendo al gran número de puestos de trabajo que generaba)”, o a razones de salud como un “elemento poderoso para destruir los microbios y fortalecer el cuerpo”. Fuera cual fuese la razón, el baile había llegado y para quedarse…

 

Era este el nuevo panorama de la sociedad del siglo XIX, más francesa y menos conservadora, dispuesta a derrochar millones y quedar inmortalizada en la memoria colectiva hasta el día de hoy. Muy comentado fue por ejemplo, la invitación que hizo el General Manuel Blanco Encalada a su recién construida residencia de calle Agustinas en la década de 1860, luego de su brillante estadía en la Corte de Napoleón III, con quien guardaba una estrecha amistad.

 

El General Blanco Encalada y su palacio en calle Agustinas

La sociedad santiaguina quedó pasmada cuando al recibir las invitaciones encontraron al final una extraña abreviatura “R.S.V.P”: - “¿Y eso hija, qué quiere decir?”, preguntaba una gran dama a una amiga, quien respondía –“un insulto ha de ser para reírse de la gente”… Tan ajena a esas delicadas costumbres era nuestra sociedad, que a pesar de emular hasta los cubiertos, no entendía ciertos códigos ya viejos en Europa. El hoy común Répondez S'il Vous Plaît (Responda por favor), dio que hablar y causó las peores controversias y enemistades.

 

Cambios en la Música:

 

Si en época colonial se bailaban mazurcas o minués, en las postrimerías del siglo XIX éstas son reemplazadas por ritmos más refinados. Ya Mary Graham hablaba que el vals se había apoderado de los elegantes de Valparaíso. Era muy importante bailar bien y saber los ritmos de moda. Hacia 1860 se populariza el vals, volvía la mazurca, y se imponía la Polka entre los más jóvenes. Se bailaba generalmente en el Teatro, en el Salón Filarmónico que hacía recurrente las tardes de baile entre los miembros de la aristocracia. La intensa sociabilidad hizo que se editaran Tratados de Baile, como “El Arte de Bailar” de Juan Chacón, editado en 1886; y el muy popular “Tratado de Baile” de Alfredo Franco Zubicueta, editado numerosas veces hasta 1908. Llegan las cuadrillas, los lanceros y el Pas de patineur en 1880.

 

Los inicios del siglo XX están marcados por ritmos más audaces, en pareja y destinado principalmente a los jóvenes. Las revistas se preocupan de educar a las niñas en el arte del baile, lanzando  artículos con figuras y esquemas, sobre los ritmos de moda. Así anuncia la Revista Familia en 1914 la “Castle Polka” descrita por Mr. And Ms. Castle. “En la polka se brinca más de lo que se resbala… la manera de contar los pasos es 1-2-3, un salto. 1-2-3, salto…”.

 

Ese mismo año hace su ingreso el controversial Tango, que es descrito por la misma revista en otro artículo “¿Podemos Bailarlo? El Tango: Nombre a la vez ilustre y discutido, este baile ha levantado muchas polémicas, y con todo, el número de sus adeptos de acrecenta más y más. Las academias de tango se multiplican”.

 

Hacia 1915, llegan bailes que cruzaron el atlántico hacia Europa. Es el Fox Trot y el Charleston, que junto a las nuevas modas se imponen en los salones de baile. Es la década de 1920, con esos vestidos lisos y cortos, de enormes tocados de plumas y excesivo maquillaje, la que culmina  con la brillantez de la Belle Époque, cuando la Bolsa de Nueva York cae en 1929, y los países paulatinamente van abandonando ese extravagante tren de vida.

Artículos de la Revista Familia 1914.

Los Bailes en Chile

 

Del conocido Sarao, que años más tarde en plena Belle Epoque sería reemplazado por un muy francés soireé, se pasó a la tradición del Baile propiamente tal. Un evento social de gala o de disfraces que seguía los patrones europeos, inaugurando su temporada todos los inviernos e iniciándose la segunda semana de junio y terminando la quincena de octubre, haciendo un espacio para las celebraciones de fiestas patrias.

 

Salón del Teatro Municipal

Los bailes no se daban frecuentemente en las casas particulares, prefiriéndose los Clubs, el Teatro o la Sociedad Filarmónica; pero eran esas celebraciones en las mansiones las que causaban más controversias, editándose largos artículos en los diarios o revistas con la descripción, llegando algunos a crear álbumes de fotografías con los asistentes.

 

Ya las grandes casas contaban con salones propios para este tipo de manifestaciones y eran diferentes los motivos que producían la celebración de un baile. Generalmente era idea de alguna de las señoras de la casa, por su cumpleaños u onomástico, el bautizo de un hijo, o el estreno en sociedad de algunas jóvenes. También recepciones oficiales a algún conocido personaje como el dado en el Club de la Unión y el Club Hípico en Honor a la visita del Príncipe Inglés en 1925.

 

Los Bailes desde 1850 eran un torbellino que embrujó a todos. El propio Vicuña Mackenna decía “No sé quien dijo que el baile es una enfermedad. Yo no sé, porque no soy médico. Pero si sé que es un contagio, porque yo también he bailado”, refiriéndose a la pomposa celebración que dio Mr. Meiggs con motivo de la inauguración de su palacio de las Delicias.

 

El baile además encerraba una enorme oportunidad de generar empleos e ingresos a los comerciantes: desde el jardinero, la doncella, el chofer y la cocinera; a la modista, el joyero, el banquetero, la orquesta y el sastre.  Todos los grupos se veían beneficiados. Preparar estas celebraciones muchas veces tardaba más de un mes, y se gastaban monumentales cantidades de dinero en disponer lo necesario para una noche inolvidable.

 

Los bailes eran celebrados en Europa, y con el tiempo adquirieron gran figuración. A los bailes de gala se sumó la variedad de los bailes de fantasía, que estaban ligados primero a las fiestas de la primavera, pero que luego se transformaron en reuniones recurrentes por la originalidad y diversión que representaba; así como también por el afán de exótismo que se buscaba en las épocas más románticas. Tan importantes eran esos bailes de fantasía que las revistas publicaban reportajes sobre cómo vestir, o daban ideas de lo que se estilaba en Europa. Meses antes del comentado baile de la familia Concha Cazotte, la revista Familia publicó figurines para elaborar disfraces, y artículos sobre personajes de moda. La revista Zigzag hacía lo mismo, mostrando escenas de bailes en Europa con fotografías de asistentes, para que la gente tuviera ideas de lo que se estaba usando.

 

Revista Familia exhibiendo artículo sobre ideas para Trajes de Baile de Fantasía. El copiar personajes de la historia era un recurso común en los bailes. En la imágen la Emperatriz Eugenia de Montijo, y la sra. Elisa Walker de De la Taille personificándola.

El Baile por otro lado, era un referente para todos los miembros de la sociedad, que segregaba familias, las incluía, las destruía o glorificaba. En esos bailes se armaban matrimonios, noviazgos y limaban asperezas políticas. El no estar incluido en la lista significaba muchas veces el descalabro para algunas familias, y el asistir, el ascenso social para otras.

 

El Baile era mucho más que un mero espacio de celebración, era un ring de vanidades donde se lucían las mejores joyas y vestidos, rivalizaban la importancia de personajes políticos y grandes familias, se reconocía a los miembros del gran mundo y se entablaban lazos tanto comerciales como familiares.

 

Son muchas las fiestas que se realizaron a fines del siglo XIX y los albores del XX, pero pocas alcanzaron traspasar las barreras del tiempo; convirtiéndose en un referente que marcó generaciones y deslumbran aun hoy. Este es un pequeño resumen de algunas de las fiestas más comentadas de ese Santiago afrancesado que se esfumó con la crisis de 1929.

Línea del tiempo que muestra los bailes más populares entre 1860 y 1929 en Santiago. Créditos de los autores.

El Baile de la Quinta Meiggs

 

Además de traer  el confort americano hasta estos lejanos rincones, Mr. Meiggs, inició la nueva generación de celebraciones, ofreciendo un Baile de Gala el 7 de septiembre de 1866, para inaugurar el suntuoso palacete que había construido en su quinta cercana a la Estación Central.

 

Muchas son las descripciones de esta lujosa residencia: salones con muros de mármol, una escalinata en espiral que subía por el gran vestíbulo circular o las cuidadas especies exóticas del parque que tenía laguna, senderos y esculturas. Para más información visite nuestro artículo de la Quinta Meiggs en http://brugmannrestauradores.blogspot.com/2010/03/el-palacio-de-la-quinta-meiggs.html

La Quinta Meiggs en 1910

El más famoso relato que se conoce es que el nos proporciona el joven Vicuña Mackenna, uno de los asistentes al baile. Cuenta que desde las 19 a las 20 hrs los carruajes se agolparon en una larga fila en las rejas del parque hacia la Alameda, ingresando para dejar a sus elegantes ocupantes que subían por una amplia escalinata a la terraza con pileta, donde eran recibidos amablemente por Mr. Meiggs y su familia, lujosamente vestidos.

 

Se ingresaba al Hall Circular con piso de vivos colores marmóreos, para luego pasar a alguno de los cuatro salones abiertos para la recepción. La multitud admiraba la suntuosidad de la decoración: muros enmaderados de encina y caoba, daban paso a sedas y cortinajes, animados por finas pinturas y un mobiliario del más exquisito gusto. La orquesta, dispuesta en el balconaje que deja en el segundo nivel del hall la escalera principal, dotaba de música todos los rincones.

 

A las diez de la noche empezaron las cuadrillas y música más animada, para que los jóvenes pudieran exhibir los pasos de semanas de entrenamiento, mientras pedían a las bellezas de la época que los acompañasen en sus compases.

 

La música se acabó de repente y la gente se acercó al gran hall, donde en tropa comenzaba a bajar la Banda del Regimiento Buin, tocando el Himno Nacional. Luego un lacayo gritó –“A la mesa”, agolpándose todos los convidados al jardín, caminando entre senderos y lagunas, a una construcción trasera que serían las caballerizas, pero que había sido habilitada como Comedor esa noche para acoger a la enorme cantidad de invitados, más de 500.

 

La Quinta Meiggs presenciaría otras grandes celebraciones hasta su estúpida demolición en 1941.

 

 

 

El Baile de fantasía de los Tocornal

 

Don Manuel Altonio Tocornal

Dio 1866 también el puntapié inicial a los famosos bailes de fantasía. Don Manuel Antonio Tocornal Grez, eminente hombre público, industrial y de personalidad muy reservada, vio como su casa se convertía en un alboroto cuando a su mujer Mercedes Ignacia Tocornal y Velasco, junto a su hermano don Manuel, idearon los planes de una fiesta. Decían de este cuñado que era gordo, rubio, extravagante en el vestir, amante de la cultura francesa y que le tenía un “horror a la pobreza”. Muy asiduo a las grandes celebraciones empujó a su hermana para que convenciera a su marido de organizar en el magnífico palacio que poseían en la Calle Bandera con Agustinas, un elegante baile de fantasía sin precedentes en Santiago.

 

Se cuenta que don Manuel Antonio llegó a casa de su amigo el General Bulnes tomándose la cabeza y diciendo –“General, sabe en qué nos ha metido el gordo… en baile de fantasía. ¿Qué le parece?, mi casa es una loquería!”. Y más tarde con ese ademán tan afectivo, gritaba a las niñas de la casa. “No le cuenten a nadie. ¿Lo prometen?... El gordo va a dar un baile de fantasía en la casa y no va a invitar más que a las buenas mozas y las que bailen bien”. Corriendo al salón de música se fueron Matilde Larraín, Mercedes Sessé, Lutgarda Cañas, Luisa Rozas Pinto a practicar los nuevos pasos de baile  y  a difundir más tarde la noticia, causando gran pandemónium en Santiago.

 

Era la casa de los Tocornal una de las más elegantes de Santiago y esa noche resplandecía con sus vastos salones y galerías, patios iluminados y jardines con camelias en flor. Recibían los dueños de casa en el amplio hall vestidos a la usanza de la Corte del Emperador Francisco José, todos lujosamente ataviados donde las joyas tenían especial figuración. Hermosa estaba la señora Tocornal, doña Mercedes, de figura distinguida y aun muy bella. Sus sobrinas María Mercedes y Natalia Rodríguez Velasco; el gordo Manuel y don Manuel Antonio, representando al antes citado emperador.

 

Srta. Mercedes Sessé- Srta. Lucía Bulnes- don Domingo Fernández Concha

 

don José Arrieta Perera y doña María Mercedes Cañas Calvo

Hubo un alto en el ingreso de los invitados cuando por las escalinatas se vio entrar a la joven Mercedes Sessé. Todos dieron vuelta la cabeza y la orquesta dejó de tocar. Venía vestida con Traje de Locura, en profusión de tules, túnica de raso celeste con puntas, chaqueta rosada, muchos cascabeles y un muñeco en mano vestido igual a ella. Qué locura causó la joven Mercedes, tan linda y divertida, que animaba los salones entrando y saliendo de ellos.

 

El baile estaba lleno de situaciones divertidas y ridículas. Se cuenta que doña Mercedes Tocornal, preguntó a una joven asistente vestida con piel de cisne, dónde estaba su traje. Ésta contestó indignada que estaba disfrazada, y de Rusa, aludiendo al popular ballet ruso que usaba trajes similares. Otro incidente se dio con una longeva asistente vestida de “turca”, con túnica y brillante traje y un turbante gigante prestado por el arquitecto Henault. La señora cansada por los años se sentó en una silla y se quedó dormida, cabeceando caía el turbante y la peluca, quedando al descubierto. Cuando sus hijas las vieron con vergüenza fueron a ayudarla, pero la mujer ya no quería más. Contradecía diciendo –“Si ya me vieron de turca mijita… déjeme así no más fresquita, si a quien voy a engañar…”

 

A pesar de estos divertidos incidentes con los trajes, la mayoría caracterizaba muy bien su personaje. Hermosa estaba doña Mercedes Cañas de Arrieta, vestida de Reina Isabel, con un lujoso traje y joyas dignas de un monarca. Su marido iba vestido de Franciso I, también muy elegante y con gran distinción. La señora de Sessé vestía de Isabel La Católica, con un traje bordado con oro y joyas a tono. Franciso Baeza y Jorge Beaucheff vestían de cazadores Luis XV, Domingo Cañas de Duque de Buckingham, Toribio y Emilio Larraín de Pajes; Enriqueta Pinto de Bulnes -la señora del General- de noble francesa muy empolvada y con peluca blanca; su hija, la conocida Lucía Bulnes vestía de Diana La Cazadora, con flecha y arco. Más tarde daría también datos del baile bajo el seudónimo de Ga’Verra.  De húsar vestía don Pedro García de la Huerta, y de mosquetero don Domingo Fernández Concha.

 

Tantos personajes que hoy lejanos se fusionan en esa maravillosa burguesía de antaño, conocidos todos por ser parte importante de la historia, dejándonos instituciones, edificios, libros, poesías y recordados en algunos nombres de calles.

 

Cómo olvidar por último la espectacular aparición de la famosa Teresita Blanco, la hija del Almirante, esperada por todos en la noche, reconocida por su inigualable belleza y un espíritu temerario e independiente que precipitó su muerte pocos años después.

 

Se cuenta que había llegado el día anterior al puerto de Valparaíso, desde Copiapó donde vivía con gran lujo, junto a su marido el rico minero Francisco Echeverría. La ruta del tren a Santiago aun no se estrenaba y como para Teresa no  había imposibles, fue a hablar con el mismísimo Jefe de Ferrocarriles, el inglés Mr. Lloyd, -“Tengo la necesidad de llegar esta misma noche a Santiago, Mr. Lloyd…”. El viejo inglés le respondió que era imposible, porque aun no se estrenaba la vía y podía ser tan peligroso que incluso el maquinista no se animaba. –“Me iré entonces a pie, tengo que llegar y me iré muy luego…no quiere usted llevarme en una máquina?...”. El sorprendido señor Lloyd le dijo a Teresa que saldría una maquina a probar la vía, pero que era peligroso, y no se atrevía a llevar a una señora en esa proeza. -“Ya está. En ella me voy, si quiere usted le pone un carrito, sino me voy con el maquinista. A qué hora sale?...”.

 

Una hora después salía Teresa con sus baúles de viaje en un carrito tirada por esa máquina exploradora que por primera vez probaba la línea a Santiago. A las dos de la mañana tocaba la puerta de la casa de su Padre, y la noche siguiente deslumbraba con su ingreso brillante a los salones de la Casa Tocornal, vestida de María Antonieta, tan hermosa y altiva, que cautivó a todos con su perspicaz mirada. Eran lujos que sólo se podía dar esa bella chilena  del 800.

don Manuel García de la Huerta- doña Lucía Bulnes- don Samuel Izquierdo

 

don Tomás Armstrong- doña Matilde LLanos- don Emilio Concha

 

El Baile de la familia Echaurren Herboso

 

Quizás uno de los más conocidos por su injerencia política y figuración social fue el Baile de fantasía que ofreció la Familia Echaurren Herboso con motivo de celebrar el cumpleaños de la dueña de casa, doña Mercedes Herboso, e inaugurar el suntuoso palacio que habían edificado en la Calle Dieciocho. Fue denominado como el “Baile de los Presidentes” porque en sus salones se encontraba el presidente electo, la viuda del anterior mandatario y cuatro futuros presidentes.

Además pasó a la historia como la primera celebración que contó con luz eléctrica, inventada por Edison en 1879. El Palacio Echaurren -y no como se comenta fue la casa Eguiguren Valero en la esquina de Dieciocho con Alonso de OValle, de construcción posterior- fue la primera residencia particular en contar con este invento y se estrenó la noche del 24 de septiembre de 1885.

 

Palacio Echaurren

El Palacio había sido comprado a Ana María Ovalle por don Víctor Echaurren Valero, destacado coleccionista de arte, que luego de una larga temporada en Europa volvía a Chile con su invaluable colección de pinturas y objetos artísticos; y necesitaba de una residencia lujosa donde exhibir esas riquezas. Éste hombre además fue el abuelo del pintor Roberto Matta.

 

La casa tenía un estilo neoclásico, con un pórtico adelantado decorado con esculturas y que daba paso a una larga escalinata de mármol blanco. La fachada con dinteles , y frontones clásicos, rejas de fierro, hornacinas y pabellones anexos, era coronada por esculturas y glorias del escultor Nicanor Plaza. El remodelado interior contaba con un espacioso Hall con piso de mosaicos, un Salón Luis XV copiado estrictamente de un modelo de Versalles, con tapicería de gobelinos, espejos empotrados y mobiliario dorado. También con un Salón árabe copiado de la Alhambra, pintado a mano y con fino mobiliario de terciopelo rojo. El comedor era estilo Enrique IV y en sus muros enmaderados colgaban telas de David Teniers. El mobiliario, la chimenea ricamente tallada y la mesa eran de estilo renacimiento. La biblioteca era estilo Francisco I, entelada con seda color granate, con chimenea y estantería de encina. Más atrás la Sala de Arte, con piezas egipcias, griegas, etruscas y romanas. Contigua estaba la Sala de Pinturas, aun no terminada durante el baile, pero que ostentaba un plafond pintado con la figura de Francisco Pizarro y el descubrimiento del Perú, y que albergaría la colección de 200 pinturas del dueño de casa. Las habitaciones de la familia eran elegantes, compuestas por departamentos, que esa noche se arreglaron especialmente para servir de tocador, donde a petición del señor Echaurren, se encontraba especialmente Monsieur Rostel para arreglar el cabello de las convidadas, que se estropeara durante el baile.

 

La noche del 24 de septiembre tenía todo organizado para deslumbrar. La reja de la mansión era iluminada por un gran escudo patrio de “globos de Edison”. En las puertas del palacio se disponía una guardia de honor compuesta por 20 infantes y 10 soldados, que controlaban el ingreso de los carruajes e impedían los infiltrados de la enorme multitud que se agolpaba para mirar. A partir de las 10 de la noche llegaron los primeros invitados que eran recibidos por doce caballeros de la concurrencia, quienes entregaban el programa con las piezas que tocaría la orquesta.

 

 

 

Jardín del palacio- Raquel Echaurren Herboso vestida para el baile Concha Cazotte- Salón de baile del palacio

 

Doña Mercedes Herboso recibía a sus invitados con un fino traje de terciopelo rojo y azul, representando la bandera chile, donde grandes brillantes colgados dibujaban la estrella; que con las luces y la emoción de la noche, quedó en el inconsciente colectivo como uno de los más extravagantes y lujosos trajes que recuerde la historia. Conocida también  fue la indumentaria de Samuel Rodríguez Cerda, que vestía de “cable submarino”, y con graciosa personificación lanzaba a cada hora un telegrama para los asistentes, causando numerosas risas. Carlos Toribio Robinet vestía de mandarín. Aníbal Cruz vestía un traje mitad negro y blanco, símbolo de la contradicción que personificaba. Laura Eguiguren estaba disfrazada de “Palikara”, una escultura encontrada en la ciudad griega de Tangará y que meses antes  había visto en un folleto. Blanca Vicuña Subercaseaux de paloma mensajera y Fidela Bascuñán de cantinera.

 

La orquesta principal se dispuso en la arquería de la escalera del Hall, dotando de música los salones principales. Al fondo el palacio contaba además con un jardín interior, con cascadas, molinos y plantas exóticas; cuyos senderos habían sido alfombrados para albergar el Bufet francés, y los dos pabellones que tenían el servicio de ponche, y una segunda orquesta.Desde las doce de la noche hasta las 6 de la mañana estas orquestas tocaron sin cesar.

 

Cerca de medianoche se comenzó a servir la comida en el comedor, con platos todos franceses, ofrecidos en la fina porcelana que había pertenecido al Rey Luis Felipe. “Se ofrecía toda clase de exquisitos manjares, confites dulces, frutas y variado surtido de vinos y licores”. El servicio estaba a cargo de Manuel Riquelme, quien era “una especialidad en la materia”, ayudado por una comisión compuesta de cinco jóvenes que reemplazaban a los anfitriones ocupados en otra parte de la casa:

 

Carlos Correa Toro, Alberto Correa Sanfuentes, Luis Echeverría Larraín, Francisco y Fernando Herboso. Este servicio fue completado por una cantina en que se servían refrescos, fiambres y licores, además de bufetes de cerveza y de ponche colocados en el jardín…”. Diario El Ferrocarril, 1885.

 

Los invitados demostraban la importancia social que tenía la familia Echaurren Herboso, emparentadas con las antiguas y ricas familias. Se preocuparon de invitar a lo más selecto de la sociedad santiaguina,  políticos, embajadores, periodistas y artistas. Así por ejemplo contaba con la presencia de familias presidenciales encabezados por Eulogia Echaurren, viuda del ex presidente  Errázuriz Zañartu. El presidente en ejercicio don Domingo Santa María, y los futuros presidentes Balmaceda, Errázuriz Echaurren, Riesco y Figueroa. También ministros del gabinete como don Ramón Barros Luco y Alejandro Fierro, intendente de Santiago. La mayoría pertenecientes al partido liberal, pero también asistentes del partido Conservador y Radical, que dejando de lado la compleja situación política, hicieron un alto a sus diferencias para asistir al Baile.

 

El cuerpo diplomático que por su cualidad de representantes no iban disfrazados también contaba con exponentes:  Ahí estaban los 21 ministros con sus familias. El señor Cottu y Wiener de Francia, Cipriani de Italia, Salinas Vega de Bolivia, Werneck Ribeiro de Aguilar del Brasil, el General Salazar de Ecuador, entre otros.

 

Los periodistas Carlos Cerda, Ricardo Cruz Coke, Eduardo Hempel y el argentino Fabio de Petris. Entre los artistas Enrique Lynch, Salvador Smith, Carlos Vidal y Juan Bainville.

 

El baile de los Echaurren Herboso terminó muy temprano en la mañana, y se criticó en las columnas de los diarios la decadencia de los jóvenes chilenos, que el día 26 habían invadido muy temprano el Mercado Central para beber chicha.

 

Este baile demuestra la fastuosidad de las celebraciones, pero también la importancia social que tenía para la vida política e intelectual. El hecho de que miembros de todos los partidos políticos, ministros y futuros presidentes fueran parte de esta celebración, indica la necesidad de juntar y aliar los grupos de poder, así como también mejorar las relaciones. También queda en evidencia un apego a la costumbre casamentera, muchos de los jóvenes y jovencitas que participaron del baile estaban comprometidos, se comprometieron o se conocieron en el Baile, registrándose el matrimonio de conocidas personalidades meses o un par de años después. Tal es el caso de don Emiliano Figueroa- otro futuro presidente- que conoció a doña Leonor Sánchez en la fiesta. Don Emiliano, muy galante, apuesto y asiduo a los festejos, contaba además con un hermano de reconocida reputación alcohólica y no tenía buen porvenir según la mirada de las viejas familias. Aun así tras largos años de pleito con sus padres logró casarse con la joven y presidir juntos las brillantes celebraciones del Centenario de 1910.

 

El Palacio Echaurren siguió siendo testigo de brillantes celebraciones y cruentas tragedias. Durante la Guerra Civil de 1891 don Víctor Echaurren debió escapar con su familia, y el palacio fue saqueado. Lo adquiere luego don Juan Mackenna quien devuelve el viejo esplendor y realiza grandes recepciones, como la ofrecida en 1906 a una de sus hijas. El palacio terminará siendo demolido décadas más tarde, como tantas casas de la época.

 

Baile en el Palacio Echaurren cuando pertenecía a don Juan Mackenna. 1906

 

El Baile de fantasía de los Concha Cazotte

 

Palacio Concha Cazotte desde la Alameda

No es posible hacer una crónica sobre los grandes bailes y olvidar el más famoso de todos. El gran Baile de fantasía que ofreció doña Teresa Cazotte con motivo de su santo, el 15 de octubre de 1912, en ese regio palacio morisco de las Delicias.

Nos extendimos hace muchos meses atrás al describir esa celebración en otro reportaje, que puede visitar en http://brugmannrestauradores.blogspot.com/2010/03/15-de-octubre-de-1912-baile-de-la.html

 

Aun así mencionaremos brevemente características de esta fastuosa recepción. Doña Teresa Cazotte había hecho de su casa el centro predilecto de la sociedad santiaguina, y en ella había desarrollado grandes veladas, como el banquete ofrecido al Presidente Argentino Figueroa Alcorta durante los festejos del Centenario de 1910.

A la fiesta del año 12 acudieron más de 500 personas, todas ataviadas con lujosos trajes que encargaron a Europa o a los sastres de moda y un conjunto de joyas digna de Las Tullerías. El Baile causó tanta  conmoción porque hace mucho no se había realizado una celebración de esas características. Y esa noche el Palacio dorado de los Concha Cazotte quedó grabado en la historia social por representar los mayores lujos de una oligarquía extravagante que vivía obnubilada por la magia de Paris. El baile Concha Cazotte marcó la decadencia de esta suntuosa propiedad, que sería loteada años más tarde y terminaría demolida en 1933.

Asistentes al baile en 1912

Asistentes al baile en 1912

 

El Baile Santiago Antiguo

 

Doña Emilia Herrera en 1915

En agosto de 1915 se representó en el Teatro Municipal una obra titulada con el nombre de “Santiago Antiguo” que dejaba ver con magnificencia de trajes, ambientaciones y libretos, esos lejanos años tan importantes para la patria como fueron la época independentista.

 

Tras el éxito de la interpretación y aprovechando una obra de caridad que se realizaría en la casa de la eminente señora doña Emilia Herrera Toro, octogenaria dama descendiente de célebres personajes independentistas, cuya casa se había convertido por años en el centro social santiaguino donde acudían los principales intelectuales como Benjamín Vicuña Mackenna, Diego Barros Arana; y encontraron asilo durante la revolución de Rozas, el General Mitre y Eduardo Faustino Sarmiento, además de algunos genios argentinos.

 

Era doña Emilia muy querida y una especie de reliquia viviente, por lo que cuando a don Ramón Subercaseaux se le ocurrió ambientar esa fiesta de caridad a la usanza del Santiago dieciochesco, no había mejor residencia en Santiago ni mejor anfitriona que ella.

 

Era la casa de los Toro Herrera una vetusta construcción en la calle Huérfanos, con amplios patios de gruesas columnas clásicas y vistosos salones. Esa noche, como recuerda Eduardo Balmaceda Valdés, el Gran salón de estilo Luis Felipe tenía un fino mobiliario de palisandro tapizado en tonos damascos y flores de color. La sala alfombrada con Aubusson era iluminada por espejos dorados antiquísimos, reflejando las arañas de bronce cincelado y las vasijas de sévres.

Sra. Emilia Herrera con algunos asistentes al baile. De izquierda a derecha: Sr. Toro Astaburuaga, Carlos Ossa Prieto, Eduardo Balmaceda Valdés, Darío Zañartu Carrera. Sra. Ester de Agüero Herboso. Sr Toro Herrera. Sentado, don Marcos García Huidobro.

En ese salón estaban con trajes vaporosos, crinolinas y sedas: Inés Zegers de Gramer, Marcos García Huidobro, Judith Montes, Rebeca Castillo Sánchez, Blanca Larraín, Teresa Echeñique, Carmela Bulnes, Ramón Noguera, Sofía Barceló, Arturo Lamarca, María Luisa Edwards, Eduardo Balmaceda Valdés, Carlos Ossa y tantos otros concurrentes, que esperaban impacientes la aparición de doña Emilia.

 

“Cuando estábamos todos reunidos, la dueña de casa, ya largamente octogenaria, entró al salón y su primera impresión,al revivir con tanta propiedad un cuadro de sus días de primavera, la dejó como en un éxtasis; miró vagamente en todos los contornos y luego, como despertando de un sueño tomóse del brazo de uno de sus hijos y exclamó: ¡Qué elegantes se ven todos!... Fuimos en seguida a besarle la mano y admiró en cada uno la propiedad con que estábamos vestidos”. Del Presente y del pasado. E. Balmaceda V.  pag. 85.

 

Fue una noche de 1915 cuando se revivieron los saraos del pasado, comida a la antigua, entre crinolinas e uniformes desvaídos. Doña Emilia murió al año siguiente y junto a ella se fue gran parte de esa tradición del siglo XIX que tanto se intentó rememorar.

 

Salón de la casa de Emilia Herrera- Asistentes al Baile

 

1: Berta García Huidobro, Blanca Larraín, Carmela Bulnes; sentadas: Sra. Orrego Méndez. 2:Sra Claro de Peña, Arturo Lamarca y María Luisa Edwards. 3:Patio de la casa de Emilia Herrera

 

El Baile Japonés

 

Palacio Arrieta, en Agustinas con San Antonio

En 1919 tuvo lugar una fiesta muy comentada por la originalidad de su convocatoria. Eran tiempos ya en que la moda había cambiado, se venía saliendo de las guerras europeas que habían detenido un poco la extravagancia de las celebraciones y habían obligado a mantener cierto recato. Las mansiones se simplificaban y la magia de lo exótico ahora invadía los rincones. Eran populares los salones chinos o japoneses, codiciadas las mercancías de esa lejana cultura; por lo que no es de extrañar que ante esa vorágine un grupo de selectas personas hayan convocado a un Baile Oriental, que tendría como tema el exotismo Japonés.

 

Fue don Luis Gregorio Ossa y su mujer Emiliana Concha -miembros destacados de los círculos sociales- junto a don Carlos Edwards McClure y su mujer la hermosa Margot Mackenna, quienes ofrecieron el baile y buscaron el espacio para su realización.

Eligieron las dependencias del Club Hípico, frente al Teatro. Era esta casa muy antigua y había sido construida por el famoso arquitecto francés Paul Lathoud (Autor del Palacio Cousiño y el Palacio de la Exposición) para el diplomático uruguayo don José Arrieta y su mujer María Mercedes Cañas (más información de esta familia en http://brugmannrestauradores.blogspot.com/2010/05/don-luis-arrieta-canas-en-el-ocaso-de.html

Salón Principal y Gran Hall del Palacio Arrieta

 

Fue la casa Arrieta centro de brillantes reuniones, que se daban en lujosos salones decorados con mayólica italiana en pavimentos, y muros estucados con finas molduras que recordaban el Segundo Imperio Francés. Cuando los Arrieta vendieron la propiedad, la adquirió el Club Hípico realizándose desde inicios del 900 las más brillantes fiestas de sociedad en este exclusivo espacio.

 

En 1919 las obras fueron encomendadas a verdaderos japoneses residentes, quienes taparon los muros con largas telas blancas y negras, así como también los cielos, a los que dieron forma de pagoda. Sobre tapices dispusieron cojines y adornaron las paredes con biombos de Coromandel, cajuelas de laca, linternas y ramas de peral florido arregladas en vasos de porcelana. En el Comedor dispusieron largos taburetes de laca roja, donde se podían sentar los asistentes en cojines, a la usanza japonesa, y se comería con los tan exóticos palillos. En el patio se hizo un jardín en miniatura, profusión de bonsái y pinos enanos, plantas exóticas y grandes jaulas doradas llenas de aves multicolores. Todos los invitados se dedicaron a vaciar las tiendas orientales de la capital y los sastres tuvieron que desempolvar delicadas sedas de los más vivos colores, para poder hacer frente a la numerosa demanda de trajes del Celeste Imperio.

 

La noche llegó y con gran pompa bajaban los invitados de los primeros automóviles. Sensacional fue la llegada de doña María Correa de Yrarrázaval en un auténtico palanquín de laca negra y oro, conducida por ocho kurumayos, entrando ante la admiración de los invitados hasta el centro de la sala y descendiendo con un vistoso traje de princesa del Sol Naciente, de seda negra y recamado de oro. Para dar mayor animación se organizó un exótico cotillón, que era entregado por Margot Mackenna, Eduardo Balmaceda Valdés, María Luz Ossa Concha y Arturo Cousiño, con magníficos y auténticos trajes mandarines. Nada desentonaría en una recepción del lejano Tokio y este baile japonés pasó a la historia como uno de los más exóticos.

 

Srta. Barros Vicuña presidiendo la mesa al estilo japonés.

 

Grupo de asistentes al baile japonés. Se ve a las señoritas: Virginia González Balmaceda, Eliana y Sylvia Salas Edwards; y Alicia Cañas Zañartu quien sería más tarde la primera Alcaldesa de Providencia.

Sra. Margot Mackenna- don Arturo Cousiño Goyenechea- Srta. María de la Luz Ossa Concha

 

Otros Bailes memorables

 

La falta de información, fotografías y mayores datos anecdóticos impide muchas veces rememorar otros bailes igual de importantes. Intentaremos ahora relatar algunas  fiestas que acompañaron los decenios del 800 y 900.

 

Uno de los más comentados bailes de fantasía fue el que ofreció don Claudio Vicuña en el arabesco Palacio Alhambra, con motivo de su reinauguración en 1877. Publicó en el diario días antes la lista con las piezas que interpretaría la orquesta. El exótico lugar ofrecía el teatro perfecto para que las personalidades de la época lucieran vistosos trajes, entre los que destacó una gran dama con un vestido medieval, luciendo grandes perlas y un gorro cónico del que pendía una larga tira de diamantes. La dueña de casa, doña Lucía Subercaseaux, usaba un espectacular traje de seda negra con una luna y estrellas de brillantes.

 

Al regresar de Europa tras representar a nuestro país brillantemente en las cortes del viejo mundo, don Agustín Edwards y su mujer la hermosa Olga Budge, adquieren el viejo Palacio Errázuriz, remodelándolo e inaugurándolo con un fantástico Baile en 1905, convirtiéndolo desde entonces en un concurrido centro social de la ciudad por más de 30 años.

Don Agustín Edwards y doña Olga Buge en traje de corte- Baile en el Palacio Alhambra cuando pertenecía al sr. Garrido

En 1906 volvía a abrir sus puertas el magnífico Palacio Bulnes en la calle Agustinas, testigo ya de múltiples fiestas. Ofrecía ahora un baile en honor a la esposa de su propietario don Gonzalo Bulnes. Bajo el retrato del famoso General del mismo apellido, extinto hace años, bailaban los concurrentes entre los severos salones amoblados en estilo Imperio y Luis XV. La señorita Lucía Bulnes tenía un cotillón de sorpresa, arrojando al cielo múltiples mariposas rojas de papel, que caían como lluvia y se agarraban entre los encajes de los primorosos vestidos que usaban los asistentes, que pasadas las 3 de la madrugada comenzaron a retirarse.

Palacio Bulnes- Grupo de asistentes al Baile

Muy concurridas eran las fiestas y banquetes que organizaba doña Sara del Campo, esposa del Presidente Pedro Montt. Sus dotes de anfitriona, trato amable y divertido hicieron de su casa uno de los más celebrados espacios, al que llegaban grandes personalidades de la intelectualidad, la iglesia y política. También muchos de sus amigos europeos –Obispos, príncipes, embajadores, músicos y literatos- acudían a su casa esperando verla. Su personalidad entusiasta convirtió también los salones de La Moneda en centro social, recibiendo a cuanta visita extranjera llegara, con grandes banquetes y fiestas mientras su marido ejercía la presidencia.

 

doña Sara Del Campo de Montt- Grupo en recepción en la Casa Montt Del Campo- Sala de recepciones del Palacio de la Moneda

Más cercano es el Baile que ofreció don Enrique Morandé en su residencia de calle Dieciocho, donde debutarían muchas de las bellezas de la época entre ellas la ya citada Margot Mackenna, Rosa Pereira Montes, Sara Izquierdo Valdés, María Balmaceda Valdés, Elena Fabres Blanco, María Larráin y Josefina Vial Freire. Los sucesos que anticiparon el baile no son menos anecdóticos y se cuenta que el día anterior una terrible tormenta hizo subir las aguas del Mapocho, que se desbordó llegando hasta la Alameda, e inundando el patio de los Morandé donde se disponía la carpa con las mesas para el bufet. Aun así y a pesar de ese inconveniente el baile se realizó, debutaron las jóvenes damas y la deslumbrante velada abrió la temporada de 1914.

Salón Principal, Sala de Música y Gran Corredor del Palacio Morandé

 

Don Enrique Morandé y familia en el patio de la casa- Srtas: Josefina Vial Freire, Sara Morandé Campino, Elena Fabres Blanco, Sara Izquierdo Valdés vestidas de fantasía para el baile Concha Cazotte- srta. Margot Mackenna 1912

La familia Herquíñigo Penna ofreció un suntuoso baile con motivo del estreno de sus hijas en los salones del Club hípico; y en 1918 doña María Luisa McClure abría los soberbios salones de su palacio de la calle Catedral para ofrecer el baile de debut de su querida nieta Sylvia Salas Edwards, quien coloreaba con su belleza y figuración todas las páginas sociales. La tragedia invadió a esa familia que vio morir a la querida Sylvia en uno de los primeros accidentes automovilísticos registrados en el país en 1919.

 

Asistentes al Baile en el Club Hípico ofrecido por los Herquíñigo Penna.

 

Asistentes al baile Salas Edwards- Al centro señorita Sylvia Salas Edwards

En 1920 la moda del charleston acompañó la espectacular recepción de la familia Salas Huneeus, y en 1922 el baile de estreno de la señorita Loreto Valdés Echeñique.

 

Muy comunes eran las recepciones que doña María Olga Lyon de Cousiño realizaba en el suntuoso palacio de calle Dieciocho, recibiendo al Infante Fernando María de Baviera y Borbón en 1921.

 

En 1923 el Teatro Municipal ofreció su popular baile de la Primavera, muy lujoso y concurrido, devolviéndole el resplandor perdido a ese decaído coliseo nacional.

Baile Salas Huneeus

 

Srta. Loreto Valdés Echeñique- Asistentes al Baile

 

Asistentes al Baile de Primavera en el Foyer del Teatro Municipal

La visita de Humberto de Saboya, Príncipe de Piamonte, inauguró una nueva temporada de bailes en 1924. Hospedándose en el Palacio Ariztía, organizó brillantes veladas en esa mansión y un espectacular baile en los salones del Club Italiano, presididos por el Presidente Arturo Alessandri. Otra visita real, la del Príncipe Eduardo de Inglaterra, engalanó los salones del Club Hípico y el Club de la Unión en 1925. Más comunes luego se hicieron las veladas en el Club de la Unión, que con brillantez culminaron de engalanar el cambiante ambiente de los años 20.

 

 

El Príncipe de Saboya en el Club Italiano- Baile en honor al Príncipe en el Club Hípico- Asistentes al Baile ofrecido en el Club Italiano.

Fue la crisis de 1929 la que terminó con las extravagantes celebraciones que se habían iniciado en 1860 con el auge de las fortunas mineras. Los cambios sociales, económicos, políticos y morales de una sociedad cada vez más abierta y golpeada por la cruda realidad de una pobreza descontrolada y un mundo que sucumbía ante los avatares económicos y las guerras; causó que la austeridad volviera a ser parte de las conductas sociales. No con eso queremos decir que los bailes culminaron, sino que cambiaron de forma y se hicieron menos frecuentes. Hubieron muchas celebraciones recordadas, lujosas y comentadas. Bailes ahora con nuevos actores sociales, políticos y culturales, en barrios más alejados como Providencia o El Golf. Recordadas son las fiestas realizadas por don Arnaldo Falabella en su palacio de avenida Pedro de Valdivia, o las del señor Claro, Schacht y García ubicadas en la misma calle.  Más al oriente en El Golf, doña Elena Errázuriz de Sanchez inició un año nuevo con la presencia del popular cantante y amigo de Chaplin, Charles Trenet. Y así siguieron fiestas famosas en el año 60, con el Rock&Roll y la minifalda; o la extravagancia actual en el fabuloso cumpleaños de la socialité Julita Astaburuaga, que celebró sus 80 años con una gran fiesta de disfraces o el Remake del Baile de Máscaras del Marqués de Cuevas, tan comentada en la Europa de los años 50, pero que en Chile no logró gran comentario.

 

doña Aida Pacheco de Brügmann en Fiesta del Club de la Unión -1943

 

doña Eufemia Kunst en el Club de la Unión- 1933

Un Baile encerró por años el destino de sociedades enteras, aplacó con sus lujosos escenarios las más cruentas batallas políticas. Mantuvo en sus jardines y salones el coqueteo constante de parejas destinadas a unirse por razones diferentes al amor, y cuya unión permitió continuar una larga tradición de vanidades y poderío familiar, que derrochó generaciones de hombres y mujeres que aun hoy mantienen viva esa magia lejana de la decadente Belle Epoque chilena, y en parte configuran los matices constantes de nuestra sociedad actual.

 

Las grandes celebraciones seguirán siendo hoy lo que fueron en antaño, un modo divertido y ameno, de reconocerse y comprender las inquietudes o aspiraciones del ser humano.

 

Mario Rojas Torrejón

Fernando Imas Brügmann


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